Sobre el cine doméstico: filmar el tiempo
En mi último año de Comunicación Audiovisual (2014-2015), mi profesor de Programación de Festivales de Cine, Carlos Muguiro, nos propone programar un ciclo de cine doméstico y amateur con el fin de reflexionar sobre este tipo de cine, sus motivaciones y sus soportes. Una semana antes, había ido al cine a ver Boyhood, de Richard Linklater. Me encantó ver a los actores crecer dentro de la misma película en tan solo dos horas y media. Sentada en mi butaca, vi cómo se reescribía la forma en que entendemos el cine o al menos, la forma en que lo entiendo yo. Boyhood no recrea el paso del tiempo como otras películas, lo filma.
Cuando nací (1993), mis padres compraron una videocámara Sony VHS. Se dedicaron a grabar no solo las celebraciones importantes como cumpleaños, navidades, noches de Reyes o bautizos, sino también momentos de pausa, siesta, una merienda, el estreno de unos pantalones nuevos, la piscina de un hotel vacía, una tarde asando pimientos en familia, sobremesas con los amigos, las vistas desde nuestra casa tras una gran nevada o un pianista tocando en un auditorio casi vacío. Acostumbrada a ver estas imágenes desde pequeña, nunca les había dado mucho valor.
Todos los vídeos domésticos tienen una cualidad que me fascina: en el momento de filmarlos, parece que asistimos a algo demasiado anodino para seguir mirando. Después, el tiempo lo convierte en algo espectacular. Yo quería que mi crecimiento también fuese espectacular, como Boyhood. Filmar la realidad es difícil porque es caótico, no hay guión. Solo el tiempo puede ordenar esas imágenes y darles sentido. Ordenar mis VHS de forma intuitiva se convirtió en Girlhood.
Así que tenía mi propia Boyhood en los VHS que mis padres habían grabado. Los digitalicé para ver qué había allí. Después de años sin ver estas imágenes, me parecieron totalmente diferentes. Vi que mis padres tenían una paciencia extraordinaria para observar la realidad a través de la cámara, que eran capaces de filmar exhaustivamente un paisaje, deternerse en lugares vacíos o rechazar escenas llenas de acción para fijarse en la persona que no participa en la conversación.